• Reportero vuelve a Cachemira y encuentra miedo y malestar

    By: Por SHEIKH SAALIQ, Associated Press

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    BARAMULLA, India (AP) - Mi auto avanzaba con una columna de vehículos del ejército indio, en medio de una nube de polvo. Un día normal, hubiera sido un viaje tranquilo desde el aeropuerto de Srinagar, capital de verano del estado de Jammy y Cachemira, a la casa de mi familia en la ciudad norteña de Baramulla.

    Pero la vida ha cambiado mucho en el valle de Cachemira por estos días. La parte que controla la India está sometida a una campaña sin precedentes para prevenir un alzamiento después de que el gobierno central de Nueva Delhi inesperadamente retiró a la región su status constitucional especial, el último vestigio de autonomía de esta región mayormente musulmana que se disputan la India y Pakistán.

    Cientos de soldados indios, armados con fusiles automáticos, patrullan la carretera entre Srinagar y Baramulla, un tramo de 56 kilómetros (35 millas) que conecta la principal ciudad de la zona con otras localidades al norte. Hay poco tráfico civil. Los negocios están cerrados. Los camiones del ejército toman velocidad. Carretes de alambre de púas bloquean las calles laterales y obligan a los residentes a permanecer en sus casas.

    La gente no sale a la calle en la parte de Cachemira controlada por la India.

    Volví a Cachemira por primera vez la semana pasada por razones profesionales cuando el Parlamento revocó el status especial de la región. Mi segundo viaje fue más personal. Iba a mi casa a ver a mi familia en el feriado de Eid al-Adha. No había hablado con ellos por varios días al suspenderse los servicios telefónico y de internet.

    En el viaje del aeropuerto a Baramulla me invadió una sensación extraña y mucho miedo. Casi no había tráfico. Pero cada 10 o 15 minutos soldados indios paraban los vehículos y los registraban.

    La mayoría de las calles que cruzamos estaban llenas de escombros, reflejo del enojo popular. Las calles estaban casi desiertas y en la poca gente que se veía se notaba un ánimo sombrío.

    “Enfrentaremos a la India”, dijo Firdous Ahmed Naqash, de 19 años, en un camino que lleva a Sopore, un pueblo del norte donde hay mucha oposición a la India.

    Muzaffar Teli, un hombre de 56 años que está sentado a su lado, asiente.

    “Él y yo vamos a pelear juntos contra India”, expresó.

    La gente en Cachemira teme que la decisión de aumentar el control de la zona por parte de Nueva Delhi altere su identidad demográfica y cultural. La India, por su parte, afirma que su decisión eliminará el problema del separatismo.

    Elementos rebeldes han estado combatiendo la administración india por décadas. Unas 70.000 personas han muerto en enfrentamientos de combatientes y manifestantes civiles con las fuerzas de seguridad indias desde 1989. La mayor parte de la gente quiere la independencia o pasar a ser parte de Pakistán.

    Estas dos naciones con armas nucleares libraron dos guerras en torno a Cachemira. La primera terminó en 1948 con una división de esa zona y una promesa de llevar a cabo un referendo auspiciado por las Naciones Unidas que nunca tuvo lugar.

    Las charlas con los residentes, muchos de los cuales hablaron a condición de no ser identificados por temor a ser detenidos por las autoridades indias, a menudo terminan con suspiros de resignación o con manifestaciones de enojo.

    “Está en blanco y negro ahora. Es ellos (India) contra nosotros”, expresó Masarat Jan mientras trataba de evitar un alambre de púas con su hija en brazos.

    “Tiene asma”, dijo Jan, aludiendo a su hijita. “¿Cómo hago para conseguirle sus medicinas si se mantienen estas restricciones?”.

    En mi casa, las cosas no estaban bien. Mi madre, que es diabética, se estaba quedando sin insulina y las clínicas no tenían esa medicina. Un médico prometió tratar de conseguir insulina en Srinagar si lograba llegar a esa ciudad.

    Mi familia me dijo que un vecino anciano había fallecido y tuvo que ser enterrado rápidamente, sin que nadie pudiese ir al funeral.

    Ya no ven las noticias, lo poco que dan. Solo se ve la versión india de lo que sucede.

    Yo tampoco quise ver las noticias. A medida que aumentan la incertidumbre y el temor, la gente quiere salir a la calle y hablar con sus seres queridos.

    La prohibición de salir a la calle y la ausencia de información no son nada nuevo en Cachemira, donde alzamientos masivos en contra de la India provocaron la muerte de más de 300 personas en enfrentamientos en el 2008, el 2010 y el 2016. Este mes, por primera vez se cortaron las comunicaciones telefónicas.

    En el día de Eid al-Adha, el festival islámico más grande, fuerzas indias patrullaron las calles y no hubo tráfico. No se permitieron las concentraciones de gente para rezar y la jornada transcurrió sin problemas.

    Pero reina la sensación de que cualquier cosa menor puede provocar un estallido.

    Cuando no están conversando sobre “haalat” (“la situación”), la gente habla del próximo sitio donde puede haber una explosión.

    Las autoridades de Baramulla hicieron numerosos arrestos, incluidos activistas políticos, manifestantes y algunas personas que tiraban piedras. También detuvieron a intelectuales y abogados, según varias familias con las que hablé.

    En la parte vieja de Baramulla, otrora un importante foco rebelde, un individuo parado en un puente histórico sobre el río Jhelum decía que el gobierno de Nueva Delhi se equivoca si piensa que la gente dejará de protestar la presencia india.

    “India tiene que irse de Cachemira”, dijo el hombre, que pidió no ser identificado por temor a represalias.

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    Sheikh Saaliq es un periodista de la Associated Press basado en Nueva Delhi.

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